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La liturgia como forma de vida: Ofertorio

El ofertorio es el gesto que nos empuja a la Palabra de Dios. El pan y el vino son signos con los que se indica todo lo importante que hay en nuestra vida: la relación con los familiares, el estudio, el trabajo, todo lo que de verdad nos preocupa.

¿Qué significa entonces la oración del ofertorio? Significa que, iluminados por la palabra de Dios, quisiéramos que toda nuestra vida fuera una creación de la fe. Este “pan” y este “vino” somos nosotros, es la ofrenda de nosotros mismos.

Lo único que realmente podemos hacer nosotros en la vida es gritar a Dios que tome lo que es suyo. El ofertorio es un grito. Sólo estando unidos a Cristo se puede transformar, se puede transfigurar las cosas.

Pero ¿cómo podemos estar unidos a Cristo? Viviendo la vida de la Iglesia. Cambiaremos en la medida en que vivamos la vida de la Iglesia. ¿Qué hace un niño para convertirse en adulto capaz de enfrentarse a la vida, con su propia mentalidad, con una estructura moral? El niño aprende esa mentalidad al crecer envuelto en la vida de sus padres.

¿Qué es lo que dijo Cristo para cambiar a las personas? “Venid conmigo”.

El ofertorio en la misa es el momento culminante en que nosotros entramos en el juego de Dios con nuestra propia libertad. Le decimos a Dios: toda la vida es tuya; por eso te grito, tómala, asúmela tú. Porque nuestra vida no la cambiamos nosotros; la cambia el Misterio de Cristo que obra en nosotros. (Continuará)

Paolo Buscaroli

La liturgia como forma de vida

La Palabra de Dios

 

La palabra de Dios nos ayuda a comprender la desproporción entre nosotros y el ideal de Cristo, pero también nos familiariza con este ideal.

Así, en la misa, tras el gesto de la contrición, se pasa a la proclamación de la palabra de Dios con los pasajes del Antiguo Testamento, la Epístola y el Evangelio.

No se puede entender estos pasajes que se leen durante la misa, si la escucha de sus palabras no produce en nosotros la convicción de que somos pecadores. Sólo a través de esta contrición real es posible participar de la misa. Sólo así se puede captar la llamada profunda de la palabra de Dios, la llamada a la fe. Tenemos que reconocer que con frecuencia la introducción a la escucha de la palabra de Dios es más un excitación del sentimiento estilo protestante, que un llamado a la fe.

¿Qué significa vivir la fe? Vivir la fe no es distinto a vivir la vida. Significa vivir la vida con el instinto, la inteligencia, el corazón y la voluntad de la fe.

No podemos seguir diciéndonos a nosotros mismos: “Bien, somos cristianos; pero, ¿Qué es lo que tenemos que hacer en lo tocante a los problemas de la vida y de la sociedad?”. Es una pregunta que denota que la personalidad está dividida en dos. Nada queda fuera del ámbito de la experiencia de la fe, porque sus fronteras son las fronteras de la vida. “Mi gusto vive de la fe”, dice el Señor.

No hay cosas buenas o malas; para nosotros, los cristianos, sólo existe el abordar las cosas con fe o sin fe.

Así pues, sí la palabra de Dios ilumina nuestra vida acompañándola con la convicción de nuestra desproporción, ese dolor que advertimos siempre en el fondo de nuestras acciones será un dolor sano y constructivo, un dolor que no nos detiene sino que nos empuja a ser mejores, el dolor que San Pablo llama “la tristeza según Dios”. En cambio, la “tristeza según el diablo” es el dolor que interrumpe la construcción, la melancolía que se convierte en lamento.

La convicción de nuestro pecado nos cambia el rostro, nos llena del deseo de cambiar la vida. La palabra de Dios cambia la vida, da otro significado a la vida, siempre, y cada día. Esa vitalidad inagotable que despierta en nosotros la palabra de Dios es grande, precisamente, porque esta palabra es la verdad que permanece para siempre.  (Continuará)           Paolo Buscaroli

LA LITURGIA COMO VIDA

Reconozcamos nuestros pecados

 

El primer factor fundamental de una acción convertida, de una acción cristiana, es la conciencia del propio pecado. Ningún momento verdadero de nuestra existencia puede evitar esta auto acusación, salvo en el caso excepcional de la Virgen María. Aquella muchacha podía tener una conciencia transparente, y el reflejo de esto en ella era el convencimiento de que todo le había sido dado. “Proclama mi alma la grandeza del Señor porque ha hecho en mi una cosa grande”.

Pero para nosotros este “proclamar la grandeza del Señor” quiere decir ante todo que Dios nos hace caminar, que nos hace parte de su Iglesia a pesar de que seamos tan pecadores.

No hay nada más sano que la conciencia realista de las condiciones en las que se tiene que desarrollar una acción, que es la conciencia de ser pecadores.

Y los modos en que pecamos son fundamentalmente dos. Ante todo, el decir no a la fe. Aunque tengamos fe huimos de ella, porque la fe es un compromiso que mueve, que transforma y que obliga a cambiar.

La segunda fuente de nuestros pecados es que no esperamos la solución de nuestros problemas individuales y colectivos de la fidelidad a Cristo, y por tanto no esperamos de Él la alegría. Dios pide a su pueblo que no ponga su confianza en nadie más que en Él. Todo tiene su consistencia en él: las piedras, las estrellas y el hombre, la sociedad, el pasado y el futuro.

Por es muy lindo ir a Misa todos los días porque la liturgia nos recuerdo que yo soy un pecador, y te dice también lo que tú necesitas: encontrar la Misericordia de Dios. (P.B.)

La liturgia como forma de vida

Mirando aquella parte de la Iglesia que suele definirse moderna, cuando celebra la Liturgia, uno se da cuenta de la poca fe de los eclesiásticos, que son los grandes responsables de la descristianización que reina dentro la Iglesia Católica.

La Liturgia es la fuente de nuestra personalidad. Por eso si se descuida, esto afectará también la vida de los cristianos. Ya hemos comentado como se ha celebrado el Jueves Santo en la casa de retiro “Santos Mártires” de Limpio. Mirando pues, a ese gesto, no tiene que sorprendernos las inmoralidad de los eclesiásticos.

Como uno vive la liturgia, vivirá también su vida, es decir, en la vida cotidiana se pondrá de manifiesto esta infeliz separación entre la vida y Cristo, entre comunidad y mundo, entre persona y actividad en el mundo.

Llegando atrasado a la misa es difícil que uno llegue puntual al trabajo; muchas templos están sucios, sin pintar, desarregladas, parecen abandonadas, por eso también las casas y las calles se encontraran en la misma situación. Si en la liturgia está todo permitido, también en la vida publica estará todo permitido. Lo importante es lograr el fin, que importan los medios. Es como una coima al funcionario del estado o al agente policial y se podrá también sobornar al pa´í; lo importante es lograr lo que me interesa.

La misa es, pues, el gesto más importante de nuestra existencia, porque es el Acontecer de la Muerte y Resurrección de Cristo. Decimos que somos parte del Cuerpo de Cristo, y por eso somos miembros los unos de los otros.

La Misa es el gesto supremo de la comunidad, del Misterio oculto de Cristo y de su Iglesia. Por eso si el sacerdote tiene esta conciencia no puede celebrarla como quiere, tiene que, como Cristo, obedecer al Padre, es decir, obedecer a la Madre Iglesia que, a través de los siglos, ha fijado normas para que a través del sano ministerio de la Liturgia se pueda educar el pueblo según la voluntad de Dios y no según el estilo del celebrante.

Por eso la Madre Iglesia no tolera que aquello más precioso que tenemos, la Muerte y Resurrección de Cristo, se celebre en el desorden. Desorden que se manifiestan en tantos hechos litúrgicos, desde el atraso a la misa, a la no conformidad en celebrar los sacramentos que no se celebran según el ritual, que es la voluntad de Dios, sino según los caprichos del sacerdote pensando que con “buena onda” se puede conquistar a los feligreses. También la horrible costumbre de celebrar la Santa Misa en cualquier lugar sin autorización del Obispo, etc.

Y ningún Obispo pone remedio con la excusa que somos latinoamericanos. Para no hablar de los cantos totalmente desubicados, que en lugar de ayudar al pueblo a ponerse frente al Misterio, tienen la función de excitar el sentimiento como si estuviéramos en un templo protestante. Y muchas veces es triste ver que en lugar de persignarse bien y con conciencia, el sacerdote se ofrece para espectáculos tristes de largos saludos de bienvenidas como si el persignarse no fuera suficiente.

Es triste ver los espectáculos de bailes, cantos, aplausos, juegos de manos y otras cosas que normalmente uno ve en las iglesias protestantes. Parece que los curas han perdido el sentido de ser Iglesia Católica olvidando la riqueza de nuestra liturgia.

Queremos desde la próxima semana dar una contribución explicando las varias partes de la misa, según la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, para que la liturgia pueda volver a ser la forma de la vida de los cristianos enamorados de Cristo y no de las propias ideas.  (P.B.)

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