Ómnibus cargado de fin de semana, estaba ya oscureciendo en el Paraguay de los barrios aledaños, de la cachaca y la cerveza. Quién más, quién menos llevaba a cuestas sus pesares del día y de la semana (¡hace mucho que el domingo no es el primer día en que se celebra al Señor por todo, en el dominus dei!). Algunos pasajeros estaban intercambiando esos monosílabos distraídos que solemos llamar, caraduramente, “charla”; otros estaban hundidos en sus teléfonos celulares, ya con sus auriculares escuchando música, ya con sus dedos moviéndose con rapidez para tirar mensajes al universo cibernético; varios adultos, algunos niños y, en el fondo, el infaltable borracho bullanguero con dos o tres compinches que le daban aliento y temas para la burla y la risa. Mientras vencía el oleaje de apretujones, del mar de gente parada en el pasillo del ómnibus para lograr sentarme (gran privilegio en un colectivo lleno de fin de semana), en ese momento, comenzó el discurso. Que estábamos siendo tratados como sardinas y cerdos encerrados y que no había derecho; que el chofer y la empresa de ómnibus eran unos desalmados e ineptos por tratarnos así; que la culpa también era de Lugo, una decepción andante con dos patas, tal como todos los políticos, sin distinción de colores; que los paraguayos somos un desastre; y así sucesivamente seguían los gritos, en un lenguaje entorpecido por la rigidez de la lengua embriagada; de esa forma, despotricaba el borracho del fondo. Como yo estaba ahora más cerca del profeta en su desierto lleno de gente, no me quedaba otra que escucharlo. Me fijé en otros pasajeros y todo el mundo parecía acostumbrado a la locura de los fines de semana y no parecían darle mayor importancia. Dos sordos se comunicaban alegremente en lenguaje de señas. Un enamorado tenía el brazo alrededor de su amada, la única que tenía que ser protegida en caso de necesidad. Varias personas dormitaban. Y el borracho seguía: Que el problema del Paraguay éramos los paraguayos que a todo nos resignábamos sin más, que los entes públicos eran un contenedor de delincuentes corruptos, que ni la grandiosa Itaipú nos servía para levantar cabeza… Y levantando la cabeza, justamente, me fijé desde la ventanilla en el panorama dominguero de fuera. En cada una de la media docena de estaciones de servicio que pasamos en ese interín, había chicos y chicas totalmente alcoholizados, al lado de camionetas lujosas, con música a todo volumen, orinando en la calle, impúdicos y a la vez destrozados. Algunas familias trataban de hacerse sitio en una ciudad que les es agreste, desde todo punto de vista, sin diversión específica orientada al esparcimiento familiar, sin protecciones mínimas para salvaguardar la inocencia de los niños, sin seguridad, sin respeto. Por unos momentos, me lograba perder el discurso del borracho que, por lo que entendía, seguía su prédica haciendo la distinción entre la belleza de nuestro país y la imperdonable mediocridad de su gente… De repente, un breve silencio me dio la esperanza de que llegara a su destino el escandaloso. Pero los consiguientes ásperos gritos me dieron la certeza de que la cosa iba para largo todavía. Sin embargo, un detalle me hizo retomar la escucha del discurso: con una inspiración inusitada el borracho empezó a hablar de Dios. Que los hombres luego no podemos salvarnos solos, que la primera gran batalla es salvar al hombre de sí mismo, porque somos los hombres los que nos hacemos daño unos a otros, que el único que puede salvar a las familias del desastre se llamaba Jesucristo. “¿Vos creés en Jesucristo?”, pregunto a uno de sus jaleros y este tímidamente le respondió que sí. Entonces, un inesperado tono optimista cobró ánimo en la voz ronca del profeta y bufón del fondo del colectivo. Sensibilidad y sensiblería se unían en mi corazón con la misma velocidad, también hicieron eco en mí sus palabras. Me fijé en los pasajeros. El predicador borracho había logrado por unos minutos lo que sería la envidia de cualquier cursillista de parroquia: toda una “comunidad” estaba empezando a prestar atención a las palabras cada vez más emocionadas del borracho verborrágico, y ni siquiera sus amigotes lograban reavivar al bufón, pues el predicador había tomado por completo la personalidad del sufrido disertante. Que la certeza de la bondad de Dios y del sentido de la vida la teníamos en Cristo, el único salvador de las familias paraguayas… Y el convencimiento de sus palabras aumentaba con la disminución de su tono de voz… “Jesucristo, Él únicamente”, susurraba y me tocaba bajar en la esquina. Cuando descendía del colectivo, ya todo el mundo había vuelto a lo suyo, la “charla”, el vaivén de mensajes, el murmullo y la distracción. Sin embargo, me pareció que una cierta conmoción cundió en el ambiente por unos momentos y todo había cobrado como un cierto nuevo brillo, al menos para mí. Al bajar respiré hondo el aire fresco y me pregunté de dónde sería aquel hombre. “¿Dónde vivirá?” Creo que es lo que los discípulos preguntaron a Cristo cuando empezaron a despertar a la verdad CCL
octubre 26, 2011
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