El padre Alberto (a quien  está dedicada nuestra escuelita, Pa’i Alberto), ahora vive en Ecuador y nos cuenta hechos y rostros que lo cambiaron en su misión… pensar que en 1986 salió de Italia enojado y con el corazón sangrante.

Hace 25 años, el 30 de septiembre del 1986, me encontraba en el aeropuerto de Milán: triste, cansado y angustiado. Me acuerdo que un amigo me regaló 600.000 liras (en esa época había liras y correspondía más o menos a 400 dólares de hoy). La compañía aérea  con la cual viajaba de Milán era Lufthansa y me aplicó una multa; fueron exactamente 600.000 liras, todo lo que tenía. Me fui de mi tierra sin nada y con el corazón destrozado por mis limitaciones y pecados.

Pero mi salvación llegó desde la oscuridad de aquel día. Cuando viajaba y pensaba en el futuro, veía una muralla negra delante de mí; pero el Señor, como dice el salmo 125, “…al ir vas llorando y vuelves cantando…” Así fueron para mí los 13 años de permanencia en Paraguay.

Les quiero contar algunas cosas que en los últimos 25 años de mi vida he aprendido y quiero compartir con ustedes.

“El señor ha tenido piedad de tu nada”. Yo me he dado cuenta de la nada que soy, como dice San Pablo, “no hago el bien que quiero, hago el mal que no quiero”; y esto para mí es muy cierto. Cuántas veces he tenido que averiguar en las relaciones humanas que yo he hecho el mal que no quiero y también  me he dado cuenta que soy un pobre pecador  que no mejora con el tiempo, inclusive mientras más uno se vuelve anciano más aumentan los defectos.

Esta es mi triste realidad, pero esta es también la verdadera salvación ¿Por qué? Mi orgullo, que de verdad es alto, tuvo que doblegarse frente a los hechos de la vida y así uno tiene que pedir ayuda a los amigos; y este pedir hace reconocer que el Señor ha sido grande conmigo: ¡por eso estoy alegre!

Dos grandes figuras me han ayudado en la vida: la primera figura es la de mis padres, que me ayudaron al comienzo de mi vida. Mi padre con sus palabras, pero sobretodo con su ejemplo. Recuerdo su gesto de caridad que cumplía cada día ayudando un hogar de personas ancianas que él se  iba a visitar, bajo cualquier circunstancia, siempre con su vieja bicicleta). Por su parte, mi mamá ha aceptado vivir  sola los últimos años de su vida para darme la posibilidad de realizar mi vocación misionera. De esta forma él y mi mamá han marcado mi vida.

Y la otra figura entre es el Padre Aldo. Con el viví 10 años de mi permanencia en el Paraguay y de él aprendí muchas cosas de la vida sacerdotal que han marcado positivamente mi existencia. Como por ejemplo la regla de confesarse cada semana que ha ayudado y ayuda mi camino vocacional.

Finalmente, en estos últimos años de misión en el Ecuador he vivido mi vocación con el deseo de vivir siempre todo lo que he aprendido. Por eso aquí también tengo muchos amigos con los cuales puedo compartir mi vida y desarrollar mi camino.

El amor grande a Cristo en la vida determina el perdón de los pecados y la búsqueda cotidiana de personas para compartir este deseo que tenemos en el corazón. Gracias Señor porque Tú nos has hecho para ti y nuestro corazón permanecerá inquieto hasta que no descanse en ti. (San Agustín).

Padre Alberto Bertaccini

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