Era el 21 de septiembre, cuando por la mañana todo el mundo me felicitaba diciéndome “feliz día de la juventud”, “feliz día de la Primavera”. Y yo contestaba agradeciendo. Pero luego me quedé pensativo: “¿Pero hoy no es también la fiesta de San Mateo, y en la liturgia de este día no se nos cuenta su conversión?

Y entonces ¿Por qué nadie me lo recuerda o lo menciona?, pensando que todo lo que me saludaban eran “católico ité”.

¿No será eso también un signo de la crisis de la fe, en el mundo católico paraguayo? Porque es muy fácil caer en la gran tentación de juzgar la vida con los criterios del mundo. Es decir, reducir la primavera a algo muy bonito, porque es la estación que nos recuerda que todo vuelve a renacer, todo vuelve a la vida; y reducir la juventud a la etapa de la vida más bella y a nada más.

Pero ¿Qué es lo que permite a la vida de florecer? ¿Cómo hago para descubrir que la primavera es alegoría de la Resurrección de Cristo, donde a raíz de la victoria sobre la muerte, todas las cosas vuelven a reavivar, incluido la juventud?

Por eso, es sólo no olvidándonos de la fiesta de san Mateo que podemos entrar con certeza en el mundo de la juventud y de la eterna primavera. Porque la conversión de San Mateo documenta que lo que estaba perdido, Mateo era un publicano que como cobrador de impuesto, robaba a los pobres, volvió a reflorecer cuando un hombre, (Jesús) pasando por allí lo miró y le dijo: “Mateo hoy quiero venir a tu casa”. Y aquel publicano inmediatamente lo siguió e además invita otros publícanos a su casa.

La vida de Mateo volvió a brotar de nuevo, como la primavera, porque alguien lo amó. Y así es la juventud. La vida es la posibilidad que se realice el sueño, el ideal, de la juventud. Pero sin encontrar lo que encontró Mateo, el sueño de la juventud queda utopía que el tiempo destruye y vuelve cínico y desesperado el corazón de cualquier hombre.

Sólo la Iglesia nos recuerda lo que vale y el valor último de lo que nos gusta como la juventud o la primavera; pero atención, el poder es tan fuerte y presente que nos hace olvidar de la fiesta de San Mateo. Porque ni la juventud, ni la primavera tienen la fuerza de dar la felicidad al corazón del hombre, como me escribió una chica el mismo día: “Feliz día de la primavera Padre, le pido disculpa para no ir a verlo, es que estoy mal, muy  mal, y solo Dios sabe el por qué”.

Por eso, sólo si es claro él porque tenemos que festejar el día de la juventud, o el día de la primavera, puedo por gracia experimentar el inicio de la alegría, de lo contrario es solo un perder tiempo, y el poder del comercio y de la moda se adueñarán de algo que el corazón desea, y yo volveré la acostumbrada tristeza.

¿Y qué desea el corazón? Que en la vida se pueda realizar el ideal de la juventud, y que mi vida vuelva continuamente a reflorecer a través de la misma mirada, del mismo abrazo, de la misma visita que tuvo aquel día el publicano Mateo.

(PB)

Advertisement