A despecho de las descontadas correspondencias sobre Iglesia y pedofilia, la primera jornada del viaje papal a Alemania, se concluyó el jueves por la noche con una Santa Misa, con la presencia de una enorme multitud en el Olimpiastadion de Berlín. Allí el Papa hizo una homilía de fuertes acentos, apasionados, vibrantes. Comentando el texto evangélico en el cual Jesús se compara con la vid y a sus amigos como los sarmientos, el Papa de hecho mandó al remitente las polémicas y las reivindicaciones anti-romanas que lo habían precedido en los diversos medios de comunicación, cosa ocurrida en los días anteriores a la llegada de Benedicto XVI a su querida patria: Alemania.

“Algunos miran a la Iglesia quedándose sólo en su aspecto exterior. Entonces la Iglesia, aparece como una de las tantas organizaciones en una sociedad democrática, con sus normas y leyes, a través de las cuales, debe ser juzgada y tratada también una figura, tan difícil de comprender como lo es la Iglesia”. Si después se suma la experiencia dolorosa que en la Iglesia hay peces buenos y malos, grano y cizaña, y si la mirada se queda fija sobre las cosas negativas, entonces no se desvela el misterio grande y bello de la Iglesia. Por lo tanto, no surge más ninguna alegría por el hecho de pertenecer a esta vid que es la “Iglesia” ¡Insatisfacción y descontento comienzan a difundirse, si no se ven realizadas la propias ideas superficiales y erróneas de “Iglesia” y los propios “sueños de Iglesia”! Entonces cesa también el alegre canto: “Estoy agradecido al Señor, que por gracia me ha llamado a su Iglesia”, que generaciones de católicos han cantado con convicción.

En el horizonte de Benedicto se perfilan las convulsiones del cristianismo alemán. Que las crónicas de la vigilia han fotografiado (también con discreta precisión) en términos de división, abulia, puesto en un ángulo por un discurso público que todo reprocha a la Iglesia y pretende reducir todo a un estereotipo democrático. Pero la Iglesia se la querría a imagen y semejanza de un ente de la ONU, paralizada y afásica, como a veces pareciera ser, bajo el chantaje político- ideológico de los presuntos “puros” que atribuyen al primado petrino una especie de copyright de todo lo que en mundo no funciona, Benedicto XVI responde con una simplicidad cristalina: “En definitiva es Jesús a quien quieren golpear, los perseguidores de la su Iglesia”

Según Benedicto XVI, el cristianismo no está definido por una agenda de valores sobre el cual se determina un cierto consentimiento. El cristianismo no se funda sobre ciertas opiniones, ideas, morales, aun cuando éstas sean expresadas por aquellos que se dicen cristianos. Cristianismo es pertenecer a Cristo, en “sentido biológico” e histórico. Jesús no dice:”Ustedes son la vid, sino: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos” (Jn 15-5).Esto significa: “¡Así como los sarmientos están unidos a la vid, así ustedes  me pertenecen!”. Pero perteneciendo a mí, se pertenecen también unos a otros”. Y este pertenecerse unos a otros y a Él no es una relación ideal cualquiera, imaginaria, simbólica, sino- quisiera casi decir- un pertenecer a Jesucristo en sentido biológico, plenamente vital. Es la Iglesia, esta comunidad de vida con Jesucristo y del uno para el otro, que se fundamenta en el Bautismo y profundizada cada vez más en la Eucaristía. “Yo soy la vid verdadera”; pero ésto en realidad significa: “Yo soy vosotros y vosotros soy Yo”- una inaudita identificación del Señor con nosotros, con su Iglesia”.

Humilde y vehemente, el Papa Benedicto continua indicando qué es la justicia cristiana, lo opuesto de toda medida o moralismo: “Dios quiere quitar de nuestro pecho el corazón muerto, de piedra, y darnos un corazón viviente, de carne” (Cfr. Ez.36, 26)… Cristo vino a llamar a los pecadores. Son ellos los que necesitan del médico, no los sanos”. Ninguna palabra o comentario que se refiriesen a las provocativas pretensiones de asociaciones como “Nosotros somos Iglesia”, que insisten en solicitar al sucesor de Pedro el reconocimiento de las uniones gay, matrimonio para los sacerdotes, ordenación para las mujeres y bendición a los contraceptivos.

El Papa insiste: “Permanezcan en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no pude producir fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, tampoco vosotros si no permanecéis en mí,…porque sin mí se podría traducir también como fuera de mí- no podéis hacer nada”. Hay por lo tanto, una decisión que tomar, con Cristo y la Iglesia o con la ruidosa petulancia del conformismo mundano. “Cada uno de nosotros está puesto frente a esta decisión. Lo importante es que “permanezcamos” en la vid, en Cristo… En nuestro tiempo donde priman la inquietud y el relativismo , en el cual tanta gente pierde la orientación y el sostén; en el cual la fidelidad del amor en el matrimonio y en la amistad se convirtieron en algo tan frágil y de tan breve duración; tiempo en el que queremos gritar, en nuestra necesidad, como los discípulos de Emaús: “Señor, quédate con nosotros, porque ya obscurece”.(Cfr. Lc.24,29), sí,¡ hay una total obscuridad a nuestro alrededor!; en este tiempo el Señor resucitado nos ofrece un refugio, un lugar de luz, de esperanza y de confianza, de paz y de seguridad. Adonde la sequía y la muerte amenazan a los sarmientos, alá en Cristo está el futuro, la vida y la alegría, allá hay siempre perdón y un nuevo inicio y transformación, entrando en su amor”. He aquí delineado y marcado el camino para atravesar cualquier tempestad: “Permaneced en Cristo significa, permanecer también en la Iglesia”. La entera comunidad de los creyentes está fuertemente aferrada a Cristo, la vid. En Cristo todos estamos unidos, juntos. En esta comunidad El nos sustenta y sostiene y al mismo tiempo, todos los miembros se sostienen entre sí. Juntos resistimos a las tempestades y nos ofrecemos protección unos a otros. Nosotros no creemos solos, creemos con toda la Iglesia, de cada lugar y de cada tiempo, con la Iglesia que está en el cielo y en la tierra. (…) Con la Iglesia y en la Iglesia, podemos anunciar a todos los hombres, que Cristo es la fuente de la vida, que El está presente, que El es la gran realidad que buscamos y a la cual anhelamos. El se dona a sí mismo y nos dona a Dios, la felicidad, el amor. Quien cree en Cristo, tiene un futuro. Porque Dios no ama lo que es árido o está muerto, artificial, que al final hay que tirar, sino que ama lo que es fecundo y vivo, la vida en abundancia, y El nos da la vida en abundancia.

Luigi Amicone, Director de la revista italiana “Tempi”

Advertisement