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Las obras de Caridad corporales y espirituales


El espiritualismo es el cupi’i de muchos cristianos que caminan a mi lado. Viven como en un Club: hablan, cantan, repiten fórmulas, leen la Biblia, comparten bocaditos, les encanta hablar y relatar los milagros, (cuales sean es difícil entenderlos para quien vive intensamente la realidad), se encuentran cada semana y normalmente están siempre entre ellos, con la postura del tranquilo-pa.

Uno dirá. “Padre es lo máximo de la vida, porque vivimos tranquilos y además cumplimos con el Señor y su palabra”. Sin embargo, con todo el respeto que merecen, para mí son un rompecabezas porque me pregunto: ¿qué tiene que ver este cristianismo con la vida? ¿Qué incidencia cultural tiene, qué capacidad de juzgar engendra? Y las obras de caridad ¿dónde están? ¿Cómo conciliar lo que dijo Jesús: “No quien dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino quien cumple la voluntad de mi Padre”, con este modo de vivir?

El cristianismo es una vida, no una doctrina. Es una Presencia amorosa que se inclina sobre el hombre y sus necesidades y no una moral. Es una novedad en todo, en el modo de relacionarse con uno mismo y con los demás.

Para ayudarnos a experimentar esta novedad de vida queremos en esta semana entrar en uno de aquellos puntos decisivos del catecismo de la Iglesia católica (que de hecho han sido olvidados por el espiritualismo que vivimos) y el cual ha sido reducido a un compromiso social: las siete obras de misericordia corporal. Pensar en la caridad de Cristo hacia cada uno de nosotros sin tomar en serio el capítulo 25 de Mateo y las demás intervenciones de Jesús con referencia a la caridad, es vaciar el cristianismo de la Presencia misma de Cristo que se ha hecho hombre, carne, para responder a nuestras necesidades humanas.

La caridad, que es la cumbre de la vida cristiana, porque como afirma San Pablo, la fe y la esperanza se acaban mientras la caridad es y será el estado definitivo de cristianismo.  La caridad, la tercera virtud teologal, tiene dos dimensiones:

La primera consiste en el amor a Cristo. La cumbre de la caridad es el amor a Cristo, es vivir como rezamos en la Santa Misa: “Por Cristo, con Cristo y en Cristo, a Ti Dios padre todopoderoso, todo honor y toda gloria por los siglos, de los siglos. Amén”. La caridad define el fin, la razón misma de la vida: “¡Tú, oh Cristo mío!”.

La segunda dimensión es el amor al prójimo como consecuencia del amor a Cristo, del hecho, como diría el apóstol San Juan, que “Dios nos amó primero y por eso debemos amarnos unos a los otros”. El amor al prójimo, reiterativamente afirmado por Jesús con parábolas y con sus enseñanzas nace del encuentro personal con Cristo. Por eso quien dice amar a Cristo y no entrega su vida por los hermanos, en particular los más necesitados, nunca encontró a Cristo.

La vida del cristiano vale sólo para ser donada. “¿Para qué sirve la vida sino para darla?”, “¿Acaso vivir es el fin de la vida?”, se pregunta Paul Claudel en su obra “el anuncio a María”. “No, no es vivir, sino morir; no fabricar la cruz, sino cargar con ella, y dar todo lo que tenemos sonriendo”.

La Iglesia, porque es esposa de Cristo, continuidad de Cristo en el tiempo y en el espacio, para ayudarnos y educarnos a la caridad resumió en su catecismo en catorce modalidades los gestos de caridad, que llamo las Siete Obras de Misericordia Corporales y las Siete Obras de Misericordia Espirituales. Fíjense los términos que usa: “Obras de Misericordia”. Y lo hace porque está cierta, por su misma naturaleza, que la forma más alta de caridad es la misericordia, que literalmente significa: “Dar al miserable el propio corazón”. Es decir, la propia vida para que el otro conozca a Cristo.

Una fe que no se manifiesta según estas modalidades es vacía, o sea sin Cristo. Además sin estos gestos de caridad nunca nos educaremos a la caridad, es decir, a la gratuidad, a reconocer que somos propiedades de Cristo. Tristemente hoy día nadie o pocos hablan de las obras de caridad corporal y en particular de las “espirituales”, reduciendo de este modo la fe a una devoción que nunca se transforma en una vida nueva.

Dándome cuenta de esta “ignorancia” me pareció bien comenzar con el próximo Boletín, unas reflexiones sobre estas obras de caridad, tocándose el contenido de cada una, para facilitar el trabajo personal, de manera que la fe se vuelva obra. Comenzamos ya ahora enunciando cuales son estas siete obras de misericordia corporal y las siete obras de misericordia espiritual:

Obras de misericordia corporales:

  1. Dar de comer al hambriento.
  2. Dar de beber al sediento.
  3. Vestir al desnudo
  4. Visitar a los enfermos
  5. Asistir al preso
  6. Dar posada al caminante
  7. Sepultar a los muertos.

Obras de misericordia espirituales

1.      Enseñar al que no sabe

2.      Dar buen consejo al que lo necesita.

3.      Corregir al que se equivoca.

4.      Perdonar las injurias.

5.      Consolar al afligido.

6.      Tolerar los defectos del prójimo.

7.      Hacer oración por los difuntos.

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2 comentarios

  1. karoll fernandez dice:

    la iglesia catolica es la unica y verdadera ke dios creó

  2. Anónimo dice:

    Invito a todos los cristianos catolicos a la Nueva Evangelización.
    ” Sal de la tierra y luz del mundo ” que somos nosotros mismos.

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